Primer Capítulo


1

    Por la cuesta del castillo subía el anciano. El calor apretaba y el buen hombre respiraba con dificultad. Apoyaba su mano derecha en el bastón que, desde hacía tiempo, era el compañero inseparable. De cuando en cuando se detenía. Sacaba el pañuelo del bolsillo para secar el sudor de la frente. Después, echaba hacia atrás la gorra gris con la que se cubría la cabeza, repitiendo el gesto con el pañuelo. Daba un gran suspiro y de nuevo seguía su camino. Antes no era así. Pero, desde hace años, aquella cuesta le resultaba más pina cada día. No lo achacaba a la calle sino a sí mismo. ¡Cuántas veces la había subido casi en un abrir y cerrar de ojos! De eso hace ya... No quiso acordarse porque le traía malos recuerdos. Han pasado ya tantos años que la memoria se resistía a trabajar. El sonido del bastón, al tropezar contra las piedras de la calzada, gemía con gemidos férreos dejando, a su vez, una marca en el suelo. El anciano levantaba la cabeza miraba al castillo, como las mujeres pías miran con ansia la cara de la imagen que veneran.
    La calle seguía empinándose y él aprovechaba cualquier recodo que tuviera un saliente para utilizarlo como asiento y descansar. Desde allí observaba a los transeúntes, escasos a esa hora del día. Los vecinos, que salían con sus caballerías al campo o venían de él, se anunciaban por el ruido de las herraduras al resbalar sobre el empedrado. Unos perros que pasan corriendo a toda velocidad tras algún gato despistado. La vecina que da un portazo y marcha presurosa calle abajo. Por alguna puerta salen una torrentera ruidosa de palabras con voz gangosa, metálica que se estrella contra la pared y rebota contra el suelo.
    Las voces de la radio no le atraen. Hace tiempo que sus oídos no perciben emisiones normales. Por lo que se había acostumbrado a encerrarse en el jardín de sí mismo para escuchar los trinos interiores. La vista, a pesar de la edad, no estaba mal. Podía distinguir, casi, como en los mejores tiempos. Eso pensaba él. La realidad era muy distinta. Nunca acudió a médico alguno y mucho menos a un oculista. Al curandero de la zona acudió cuando tuvo problemas con una coz que le atizó una caballería. La herida tardaba en curar. En cuanto a la vista, apretaba los párpados con fuerza para, lo que él llamaba concentración de la mirada y así conseguir más nitidez.
    Desde aquel mirador dominaba la calle. Apoyó el cayado en una de las piernas. Estiró las puntas del chaleco al tiempo que erguía el torso. Sacó el reloj y consultó la hora. Era un reloj de bolsillo atado, con una fina leontina de plata, al ojal del chaleco. Tomándolo por la corona para darle cuerda, lo acercó al oído. El tic tac le hizo esbozar una sonrisa y lo devolvió de nuevo al bolsillo. Entendió que el corazón había ya descansado y emprendió el viaje hacia el destino, ya más cerca. En el tramo final inclinó algo el cuerpo hacia delante, como un avezado ciclista, para facilitar la subida. Lo hacía siempre. Una costumbre rutinaria cuando, cargado con peso sobre la espalda, subía la escalera del granero. Unas veces era cereal, otras forraje, aceite o un pellejo de vino. Haciéndolo así, la carga parecía más liviana, facilitando el acarreo. Ahora, con el brazo izquierdo en la espalda, el cuerpo un poco inclinado hacia delante, y el cayado como apoyo seguro, llegó a la puerta del castillo. No tuvo que llamar, como antaño hacían los que a él se acercaban, porque carecía de puertas. Se contaban muchas historias. El castillo había tenido tantos dueños que, cada uno fue dejando su impronta en él. El último de ellos dicen que se llevó la puerta para quitar un obstáculo al viento. Quería que dueño tan sutil e invisible no tuviera que filtrarse por los resquicios de los goznes ni por el orificio de la cerradura. Y si las aves no tenían dificultad o traba alguna para entrar y salir porqué lo debía tener el dueño sutil e invisible.
    Atravesó el dintel y por la muralla se encaminó al centro del castillo. Ascendió unos peldaños a una sala con amplios ventanales al pueblo. Prosiguió sin dudar, como quien conoce el lugar, por una escalera de caracol fue subiendo a la sala superior. Más pequeña que la de abajo, con dos ventanas mudéjares dando al norte y dos grandes ventanales al sur. El anciano se encaminó hacia éstas. Allí, acodado en el alféizar, pasó un buen rato contemplando el paisaje que se ofrecía. Después, se sentó en el poyo. Éste, aunque era de piedra labrada, aparecía casi limpio y brillante. Desde tiempo atrás el anciano lo venía usando como asiento preferido. Las palomas entraban y salían con frecuencia. Eran los únicos seres conocedores del escondrijo de aquel humano tan extraño. A ellas les parecía, al principio, que venía a asustarlas y quizá con malas intenciones. Luego, poco a poco, volvían a su nido como si nada ocurriera. El extraño llegó a ser familiar a las palomas y demás pájaros que allí habitaban.
    El anciano se descubrió, puso la gorra en la rodilla derecha, cruzó los brazos reclinándose en la pared. Era una postura estudiada de antemano. La mirada perdida en el horizonte inmenso a través del ventanal. La mente bulliciosa, como mar violento batiendo los acantilados y playas de una vida larga, enjundiosa. El pensamiento, como barca, con sus velas preparadas, dispuesta a navegar. Solo faltaba el soplo del dios Eolo para empezar a deslizarse y dar comienzo a la singladura. Esto, en sí, era ya una aventura. Él sentía las convulsiones en su interior, aunque en el exterior apenas ciertos músculos faciales revelaban lo que estaba aconteciendo. El velero tomaba el rumbo y la travesía tenía ya marcada las distintas etapas. No hubo viento huracanado, ni tampoco fuerte, para henchir las velas. Y cuando menos lo esperaba, un viento cálido, suave, envolvió al pasajero. Las velas se hincharon pletóricas y la barca intentó el deslizamiento por el mar. Las aguas tranquilas, pacíficas, como lacadas a causa de su brillantez. El alba, de estaño, comenzaba a babear sobre las nubes plomizas. El sol rojizo, combinado con el ambiente, colaboraba en los colores malva, unas veces, rosa otras. El horizonte cambiaba de color muy deprisa. Alguien le tocó en el hombro. Creyó que era algún cabo de las velas.
    - “Vamos, anciano. Ven conmigo y seré tu guía por este mar”.
    - “¿Quién eres, muchacha?-dijo aturdido- No puedo seguirte al ritmo de tu velocidad. Mi cuerpo es pesado y torpe”.
    - “No te preocupes –contestó la muchacha- Eres tan liviano como yo. Soy espíritu. Dame tu mano y tu cuerpo será liviano. En estos viajes la fuerza y la levedad nacen de uno mismo. Puedes gobernar la nave a tu antojo. Trasladarte de un sitio a otro más rápido que el viento. El espíritu no tiene peso ni fronteras”.
    - “No exageres, me estás engañando. A lo sumo, yo sólo puedo dar unos pasos vacilantes, ¿cómo voy a desplazarme a la velocidad del viento?”
    - “No te atormentes, -insistió la muchacha- te enseñaré algo como muestra. Después tú decides. Sube ya a la barca. Las velas están tensas y los amarres a punto de saltar”.
  La barca se movió y pronto estuvo en medio del mar. La muchacha se puso al timón. Demostraba buenas maneras, una habilidad y destreza que asombró al pasajero. Llegaron a una especie de bahía y atracaron en el puerto. A poca distancia del mismo había un huerto de gran encanto. Rodeado de montañas. Un río fertilizando la vega a su paso por el valle. Un huerto repleto de árboles frutales, naranjos, perales, manzanos, granados, campos de arroz, hortalizas. Jardines donde la mano del jardinero había trazado maravillosos dibujos geométricos glaucos, plantado rosas multicolores combinadas con hierbas olorosas que lo hacían atractivo a la vista y placentero a los sentidos. El espíritu liviano y joven se maravilló ante tanta hermosura de la naturaleza. Miró los campos y tanta feracidad le nubló los ojos. Reconocía los parajes pero no estaba seguro. Divisó a un muchacho faenando en la huerta, retirando gavillas de alfalfa y varias cestas de manzanas. Su aroma llegó hasta él. Se acercó al muchacho. Grande fue el estupor: la cara le era familiar.
    - “¿Quién eres? -le preguntó”.
    - “Soy tu propio yo”.
    - “Tienes figura de muchacha. ¿Cómo puedes ser tú mi espíritu siendo yo hombre?”
     - “En otros momentos, es cierto, tú eres hombre. Pero yo soy la parte femenina de todo ser. Esa parte liviana, ingrávida. No tiene la pesadez de la otra a causa de la longevidad. En pocas ocasiones asomo en tu vida. Si acaso en la juventud cuando tu cara se encendía y ardía en gracioso arrebol. Admite tal dualidad inseparable. Unido a ella, sigue mis pasos sin vacilar. Aquí dejaste tu sudor, tus alegrías, tus penas. Procedes, como yo, de la tribulación. Conoces la congoja, la aflicción que inquieta y turba tu ánimo. ¿Acaso no reconoces el lugar?”
    El espíritu liviano y joven volvió la cabeza. En la lejanía se mostraba arrogante la silueta del castillo que le era tan familiar. Destacaba entre aquel mar verde de la campiña feraz, como barco luminoso encumbrado por las olas. Vigilante perpetuo de aquellos hermosos lugares. Desde allí vislumbraba el brillo de los mármoles, las torres con sus almenas recortadas en el cielo de color índigo intenso. Las puertas y ventanas le hacían guiños, como invitándole. No pudo resistir e impulsado por un suave viento se dejó llevar. La muchacha le indicó el camino y entraron en el castillo. Atravesaron los jardines alegrados con el rumor de las fuentes y del agua cantarina. Salas con tapices colgados de las paredes. Enormes lámparas colgando del techo iluminando la estancia. Las salas disponían de todo el ambiente, adornos y bienestar que se pudiera encontrar en los mejores palacios de Oriente. El perfume de los más exquisitos productos de Asia y Arabia envolvía las estancias. Los habitantes del castillo se afanaban en los recintos. Con pisadas silenciosas cruzaban, una y otra vez, el patio, entraban y salían de las alcobas. Pasaban por su lado ignorando tanto a él como a la muchacha. Nadie les prestaba la menor atención.
    Sobre una mesita, rodeada de almohadones y alfombras, atisbó una jarra de fina porcelana. Los rayos del sol, que se colaban por la ventana, acariciaron dulcemente aquel objeto tan frágil. El destello causó tal alegría en el espíritu liviano y joven que se precipitó sobre ella. Era la misma jarrita que, años atrás, había encontrado entre los escombros y ruinas del castillo. La acarició con sus manos, posó los ojos en ella buscando la señal de un destrozo causado por la piqueta. Era mejor que la que conservaba en casa, pegada para restañar las partes dañadas. No tenía el brillo tan reluciente como el de ahora. Quizá se debía al tiempo transcurrido. Un amigo, aficionado a la arqueología, le había dicho que podría tener unos quinientos años. La quería entrañablemente. Fue el primer objeto que, tras varios años de excavar, había obtenido como premio. Tenía un dibujo apenas perceptible. Sin embargo, ahora podía discernir los detalles que la adornaban. La graciosa asa. El material, que al menor contacto sonaba a campana lejana con tonalidad argentina. Los matices florales lacados y el fino oro que remataba los dibujos. Apreció ver con claridad tales dibujos. Siempre había deseado adivinar las formas y el conjunto del dibujo. Unas veces le parecían retazos de figura femenina, otras de un joven. Ahora, con la jarrita en sus manos, veía con claridad lo que tanto anheló: descubrir qué o quién era la figura. La acercó a los rayos el sol. La cara se le llenó de gozo: era mujer. ¡Y qué mujer! Observándola con más detención, la cara le sonrió. Dio un salto, exultante exclamó: ¡Roseta! El grito le sobresaltó. Tomó la jarra y la apretó delicadamente contra su pecho, con el mismo fervor con el que un adolescente abraza a su primer amor. Miraba a un lado y a otro, mas la gente entraba y salía silenciosa, pasaba junto a él y ni tan siquiera le miraba. Algunos tropezaban con él, pero no protestaban, ni mostraban signo alguno de extrañeza, seguían su camino. Estas actitudes le dejaban cariacontecido. Un cálido y suave viento le envolvió al instante. La voz de la muchacha sonaba a su alrededor.
    - “No te asustes. Ya te dije que el interior del ser humano es liviano. Eres viejo, algo torpe en movimientos, pero la levedad te permite disfrutar de cualquier periplo que emprendas. No tienes más que sumergirte y dejarte llevar. Puedes navegar por los más ignotos rincones de la tierra. Navegar por tu interior, en lo que tú llamas “mis cosas”. Participar en los hechos que desees y transformarlos a tu manera. Volver a recrear aquellos que, tal vez, no pudiste, no supiste o no te dejaron. La mente es un pozo sin fondo. Todo lo que puedas rememorar es un alivio. Las vivencias, recuerdos tan hondos, son materiales con los que los hombres arman sus proyectos. Son la estructura misma de la memoria. La reminiscencia es la vuelta a una segunda vida. Una segunda oportunidad que no altera la primera. La historia del mundo es la suma de las historias de cada individuo. Unos influirán de cierta manera en el quehacer cotidiano. Otros, en cambio, terminarán como si no hubieran existido. Para cada individuo lo más importante es su propia vida. No olvides nunca que no estás sólo. Mira cuanta gente te rodea, va y viene. Unos te odiarán, otros te darán su beneplácito. Y, quizá, para muchos pasarás inadvertido”.
    El espíritu liviano y joven seguía apretando, con fervor de neófito, la jarra contra su pecho. Agradeció las palabras de la muchacha, inclinando su cabeza. Y se entretuvo mirando los rostros de los que entraban y salían. Ya no le parecían tan desconocidos, los rostros se mostraban familiares. De entre ellos se adelantó una mujer lozana, hembra gallarda y decidida que, sin dudarlo, se abalanzó, con los brazos abiertos, hacia aquel hombre, espíritu liviano y joven.
    -“¡Querido Federico! ¡Cómo he esperado este momento!”
    -“¡Roseta! ¡Qué bien estás! ¡Cuánto te echo de menos! Hemos compartido una vida plena y hemos formado una gran familia. Sabes lo que ello conlleva. Tremendas desilusiones, trabajos muy duros, zancadillas por todas partes. Envidias, rencores. ¿Por qué tanto resquemor, tanto odio y desamor?”
    -“No te atormentes. Hemos construido con nuestro amor un hogar lleno de limpias miradas, alegres sonrisas que nos han hecho llevaderos los trabajos y los días. Después crecieron, formaron nuevos hogares y nos dieron muchos nietos”.
    -“También pasaron los años. Y cuando nos quisimos dar cuenta nos hallamos abocados al pozo de la vejez. He querido que nuestros hijos fueran hombres de provecho. Todos forjaron su porvenir con el trabajo y nuestro ejemplo”.
    -“En algunas ocasiones la vida se nos ha presentado con toda dureza, atacando a los pobres sin piedad. Es en la vejez cuando nos es dado comprender cuánta verdad hay en el proverbio: “el rico tiene muchos consuelos”. Si vivieras, mi vida no sería tan atribulada. La muerte de Marieta ha dejado un panorama desolador. El pequeño de los dos hijos está en la ciudad, en un colegio de huérfanos. Al mayor, Florencio, no lo han querido, por sobrepasar la edad de los diez años para ingresar. Se quedó con nosotros en la casa. Ahora vamos de peregrinaje vergonzoso los dos, de hijo en hijo, cada mes. No coincidimos en la misma casa nunca. Tengo una gran congoja que me parte el corazón. La imagen del niño cariñoso, hambriento de amor y calor familiar ha desaparecido; sólo encuentra frialdad y carga con todo lo malo que ocurre a su alrededor. Le echan las culpas de todo. No son justos con él. La rabia contenida en mi corazón puede estallar. Nuestros hijos no son aquellos que nosotros criamos. ¿Qué ha pasado? Nuestros hijos no se parecen en nada a los que criamos. ¿Qué ha pasado?”
    La muchacha contemplaba el embeleso del espíritu liviano y joven en aquel palacio. La situación se iba complicando a causa de un grupo de figuras. Éstas pasaban, frecuentemente, por delante del joven que no les prestaba atención. Al frente del grupo un hombre corpulento, barba negra, turbante blanco, vestido con una capa roja sobre túnica blanca de lino. Cinturón de cuero repujado y un alfanje de grandes dimensiones colgando de la cintura. Rostro trigueño, ovalado, nariz aguileña bastante pronunciada, con ojos negros enmarcados por ojeras moradas. Las manos grandes, poderosas, adornadas con anillos de oro. Realmente la figura imponía respeto a cualquiera que tuviera un poco de estima por su propia vida. Contrastaba una bondad acogedora. Tras él, un muchacho, cuya cara apenas podía discernirse por la forma de vestir. Una mujer de edad madura y varias mujeres jóvenes le seguían. Ricos vestidos de seda las cubrían y un velo ocultaba los rostros, según la más pura tradición musulmana.
    La comitiva se acercó a la ventana del salón del castillo contemplando con ojos llenos de tristeza aquellas tierras feraces, con sus huertos, los jardines lujuriosos donde el calor, el olor y la musicalidad de las fuentes, se confundían. El resultado era un inmenso éxtasis para la vista y el olfato. Los ojos negros del jefe de la comitiva escudriñaban, hasta la saciedad, el horizonte. Extendía los brazos poderosos para recogerlos al instante, gesto de desesperación y rabia a la vez. Aquellos ojos negros desprendieron dos blancas lágrimas que rodaron hasta perderse en la maraña pilosa de la cara. No pudo soportar tanta belleza ni la acumulación de tantos recuerdos. Se dejó caer en el poyo junto a la ventana. Con sus ojos de gavilán carroñero, miró fijamente al vecino que tenía en frente.
    - “¿Quién eres tú? ¿Qué haces aquí, mozuelo?” –preguntó con voz áspera.
    - “Perdone que intervenga yo, -dijo la muchacha- hemos venido a admirar el panorama y disfrutar de tanta belleza. Este espíritu liviano y joven que veis no es más que un ser que vive ahí fuera. Hemos venido como hacemos todos los días. Es un lugar muy especial y querido”.
    - “Yo jamás os vi en mi palacio. Vuestros vestidos me son extraños. Pero el mundo parece caótico. Nadie sabe qué hacer”.
    - “Perdone, majestad” -interrumpió la muchacha.
    - “¡Majestad!” -inquirió el espíritu liviano.
    - “Sí. Éste que ves ahí sentado, no es otro que el rey Zeit Abú Zeit” –afirmó.
    - “¿Cómo sabes mi nombre? -inquirió el aludido-. No soy de esos que van propalando su identidad”.
    - “Creedme, majestad -insistió la muchacha-, sé lo mal que lo pasasteis en vuestra vida. La tragedia del reino, las luchas e intrigas de los familiares para arrebataros el gobierno, los palacios y los castillos”.
    - “Tienes razón, no fue fácil. Época mala, muy mala. Es un mal endémico entre nosotros que las familias reales se odien. Unos miembros urden asechanzas contra los otros. Corre la sangre, muere gente inocente. Los hijos del mismo padre, pero de distintas madres, ansían el poder, el trono. Para alcanzar la meta no reparan en medios. Todos son válidos. Los hermanos de mi abuelo se confabularon para despojarle del trono. La lucha fue terrible y, el vencedor, mi abuelo, mandó decapitar a sus propios hermanos. Los hermanos de mi padre intentaron reavivar el pasado provocando una lucha fratricida. Mi padre reaccionó mandando a Túnez a sus hermanos en misión especial. El bey de aquella ciudad los encarceló nada más desembarcar. Los retuvo en prisión hasta que perecieron en las mazmorras. Por nuestras venas fluye el cegador viento del desierto, implacable, que te obliga a refugiarte. Pero siempre quedan reliquias que penetrando en los ojos los irritan. Pequeñas, como los granos de arena. Dolorosas, como las espinas. El ímpetu del viento asolador recorrió el Magreb de un extremo a otro, cruzó el mar hasta llegar a nuestros pacíficos reinos. Oleadas de guerreros ansiosos de reforma invadieron las tierras de mis antepasados. De ellos heredamos la fiebre de la ambición, la envidia, el odio, el temor y el menosprecio. Y los cubrimos con el manto de Alá, alabado sea. En su nombre se han cometido enormes injusticias. Se han impuesto como dominadores y enviados”.
    Las palabras de Zeit Abú Zeit hallaron eco en la comitiva. Ésta se postró en las alfombras del salón, permaneciendo con el rostro escondido entre las manos y pegado al suelo. El rey clavó sus ojos en la muchacha. No podía adivinar lo que detrás de aquella figura se escondía. Vestía una túnica, ciertamente extravagante para sus ojos, acostumbrados a la chilaba y a las túnicas de las mujeres musulmanas. Ella, en cambio, tenía la apariencia de una ninfa. Personaje que bien pudiera haberse escapado de las praderas o de los valles verdes del Atlas. La muchacha sintió que alguien quería penetrar en su interior y desvelar el arcano. Correspondiendo a la profunda mirada de aquellos ojos negros escrutadores del rey, la muchacha sostuvo el reto. Mantuvo los ojos fijos frente a la figura real. Ella confiaba que el rey no sería capaz de soportar tal tensión. Zeit Abú Zeit dijo:
    - “Hay algo en ti que me es familiar. Quisiera encontrar el recurso necesario para poder descifrar la imagen que me mira. Y es que tu mirada está en mi espíritu. Como si alumbraras mi vida. Bajo los rayos de tu luz veo cosas, distingo hechos, circunstancias que toman vida y se presentan ante mí. Dime quién eres y cuál es tu nombre”.
    - “Mi figura es etérea -explicó la muchacha-. Sin embargo, tiene una peculiar cualidad. Soy la figura de la persona. Cada cual pone rostro a mi figura, de acuerdo con sus vivencias. Así, que soy familiar, inseparable y vivo, al mismo tiempo, en cada individuo”.
    - “No demores más. Si estás íntimamente unida a cada individuo ¿cuál es tu nombre? O ¿adoptas el de la persona y eres un sosia?”
    - “Mi nombre es Memoria; mis apellidos Fantasía y Tiempo”.
    - “Extraño nombre, ¿no te parece?” -recalcó el rey.
    - “No tan extraño. Soy una figura sin rostro. La persona que activa sus vivencias determina el perfil de mi semblante. Por lo que estoy unida a dicho ser humano. Y existe diferencia, en tanto en cuanto todo ser humano se diferencia uno de otro. Puedo afirmar que cada uno es único. Mi nombre es Memoria. Desde que el hombre aparece en el mundo, con su nacimiento, comienza la gran aventura. Los días, las semanas, los meses e incluso los años, van dejando la huella de su paso. La cotidianidad de las circunstancias adormece el proceso de reactivación. Como el día sucede a la noche, los días se amontonan en la vida del hombre. La vida es larga y la memoria parece fenecer ante la avalancha de experiencias, sentimientos, grados de placer o disgusto, amor y desamor, inherentes en ciertas experiencias. La habilidad del individuo en cuanto al acto que ha de recordar. La memoria es como un molino que transforma el trigo en harina, los hechos brutos en ideales asimilables. Los recuerdos son los materiales con los cuales se arman los proyectos. La memoria no es sólo un almacén, es también un taller. Es muchas cosas: un pozo, un collage, un desván. Se trata, pues, de vivencias tan hondas, tan primordiales, que pertenecen al núcleo mismo de ella. También el poder de retención, guardar, varía en los distintos períodos de la vida. Es mayor en la juventud; grande en la madurez, por razón de una sistematización de las experiencias. Y va desvaneciéndose en las últimas etapas de la vida. Puede llegar a ser casi nulo para las experiencias más recientes.
    El recuerdo me activa. Hay momentos en la vida del ser humano, sobre todo durante su última etapa, en que solo parece contemplar ruinas y miserias. Basta haber vivido lo suficiente para saber que los proyectos no se han cumplido, los objetivos no se han alcanzado, y, si se han alcanzado no han satisfecho. A este sentimiento de fracaso suele acompañar, quizá, la convicción de que todo éxito es ilusorio. Para activar el recuerdo es necesaria una concentración especial en sí mismo. Allá en el silencio interior podrá poner en marcha el proceso para revivir, total o parcial, aquello que empezó por una simple preocupación. El éxito, será darse una palmada en la frente. Acaba de extraer algo del fondo. Y recordar es tener algo encomendado a la memoria. Pero no hay reglamento que me ate a la regularidad en los hechos. Ni yo misma sé a qué se debe. Voy de un hecho a otro, como si saltara de flor en flor. El vínculo que me ata es inefable.
    Mi apellido es Fantasía, la reina de las praderas de los sueños… Soy una metáfora que abarca la realidad y soy la realidad que revela la unidad del espíritu y un testigo que confirma los hechos… Las ideas tienen una mansión superior al mundo visible y en sus cielos navegan las nubes de la sensualidad. La imaginación se abre camino al reino soñado, donde el hombre puede vislumbrar lo que hay después de la liberación del alma del mundo de la sustancia. Porque quien no pasa sus días en el reino de los sueños es esclavo de los días. Puedo reproducir, por medio de imágenes los hechos más variados, tanto pasados como lejanos; representar las cosas ideales en forma sensible, o de idealizar las reales. A esto llamo manosear el pasado. No significa recordar como realmente sucedió. Muchos seres humanos hallan en este lugar un refugio adaptado a sus propias querencias. Otros, en cambio, reconocen que recordar es olvidar. Quieren ser conscientes de que sus actividades más nobles están basadas en el olvido.
    Mi segundo apellido: Tiempo. Porque ¿qué cosa no parece recién acontecida cuando se recuerda? Al anciano le parece cosa de hoy que se encuentre de niño sentado en el pupitre de la escuela; cosa de hoy que comience a trabajar; cosa de hoy que ya las fuerzas le abandonen y desista de trabajar. Infinita es la velocidad del tiempo, más visible a los que dirigen la mirada hacia atrás. Todo el tiempo pasado se encuentra en un mismo lugar. La vida es breve. No podrían existir extensos intervalos en una cosa que es brevísima. Lo que se vive es un punto. Para mayor engaño, la naturaleza lo ha dividido a fin de darle apariencia de un prolongado espacio de tiempo. De una porción ha hecho la infancia, de otra la mocedad, de otra la juventud, de otra un cierto descenso de la juventud a la vejez, de otra la propia vejez. ¡En una cosa tan breve cuántos peldaños! En los últimos peldaños el tiempo corre veloz. Sin embargo, todo lo cura. Comenzó su tarea muy pronto, alejando ofensas y rencores. Ayuda a reunir los positivo y negativo, la maldad y la bondad de las cosas. Ahora ya me conocéis. Mi nombre no tiene nada de extraño. Soy la metáfora de vuestras vidas. Soy invisible; resido en lo que llaman sustancia gris y protegida por el cráneo. Nadie puede ver la fantasía, memoria y pensamiento instalados en el laberinto límbico”. 
    - “Si es así, -dijo Abú Zeit- puedo revisar mi vida. Ver ese punto tan pequeño, y extenso a la vez, lleno de calamidades, miserias y desastres”.
    - “Cierto, -aseveró la muchacha- mas observa que tu recorrido pertenece ya a la historia. No se puede alterar. Sólo la misma historia tiene capacidad para otorgar el honor o la deshonra”.
    - “Y éste, ¿qué me dices de él?”-replicó Abú Zeit.
    - “Éste tiene el privilegio de estar aquí con su propio velero. Remover las aguas y surcar los mares con su propio deseo. Más veloz que el viento, tan rápido como la luz del sol. Puede emplear mi nombre y dos apellidos cuando quiera. Fantasear sobre los acontecimientos de su vida, recapacitar sobre los hechos ocurridos. Goza de la facultad de alterar los hechos a su conveniencia. Pero tan solo mientras dure la navegación con el velero del pensamiento. La historia real, los hechos pasados, no puede alterarla. Es parte de la vida misma, de la historia individual. Él está aquí porque quiere, vive ahí fuera en el pueblo. Viene a reunirse con sus pensamientos, lejos del bullicio de la gente. De un bullicio que amenaza demoler el pequeño reducto personal. Es lo que él llama “mis cosas”. Espíritu liviano, dile al rey tu nombre”.
     - “Me llamo Federico y aunque me ves liviano y joven, no es así. Soy ya anciano. Mi vida corre hacia la meta. Todo comienza con el nacimiento y me voy acercando a mi objetivo. Tengo noventa y seis años. A nadie le gusta envejecer, pero el sistema biológico es inexorable. Vivimos porque estamos muriendo continuamente y morimos porque hemos vivido continuamente. Estoy sentado frente a ti en el banco de piedra. Soy esa figura que, de cuando en cuando, se lleva el reloj de bolsillo a la oreja y después mira la hora. El tiempo se me agota. Mi vida ha sido como la parva que se trilla en la era; se trituran los hechos y las obras. Lleva consigo infinidad de sufrimientos y sinsabores. Al atardecer, cuando levanta el viento, se saca la parva. De aquellas rebosantes gavillas no quedan más que un montón escaso de residuos. Fruto del trabajo. Los que quedan para la vejez. Y ésta, carcomida por los azares de la vida, de los hijos, de la familia. Las miserias que a uno se le han podido adherir con gran sorpresa. Unos hijos despiadados se disputan la pequeña parva. El propietario no puede ni tan siquiera gozar de la alegría de poseer el primer fruto nacido del sudor de su frente. La avaricia, la ambición de unos cuantos llevan a la ruina total. Toda una vida acarreando gavillas para luego, en la vejez, llevadas al molino, no obtener ni tan siquiera un poco de harina que llene el cuenco de la mano. Mi meta está cerca. He entrado, ya hace años, en la fase de revisión. He notado que quizá tendré que pedir perdón, a mi familia y al mundo en general, por envejecer y seguir vivo. ¿Acaso no consideran a los viejos como un estorbo y una carga insoportable? Mi final está cerca y me encamino hacia él paso a paso. Desde que nací he ido muriendo, hasta el día de ayer. Y es que la muerte no viene toda a la vez: la que se me lleva es la última. Vengo aquí porque salgo de mi cuerpo sin salir de él”.
    - “Federico, espíritu liviano aunque joven, -dijo Abú Zeit con voz compasiva- escapa del mar proceloso. Huye, puesto que está en tus manos”.
    - “No es tan fácil, amigo, desprenderse de las vivencias. La asociación de ideas juega un papel importante. Unas provocan gozo y alegría, otras rabia contenida. Mirar hacia atrás es bueno, pero produce tristeza y desemboca en pesimismo. Todas se agolpan y se atropellan para manifestarse al mismo tiempo”.



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